Cuatro días de silencio: ¿Qué pasa cuando el silencio aparece de verdad?

Cuatro días de silencio: ¿Qué pasa cuando el silencio aparece de verdad?

Cuatro días de silencio: ¿Qué pasa cuando el silencio aparece de verdad?

¿Qué ocurre en el cuerpo, en la mente, en el alma… cuando dejamos de correr?

Cuatro días… solo cuatro días.

Cuando decidimos ir con mi mamá, lo pensamos…. Revisamos el presupuesto. “Son solo cuatro días…” expresó mi mamá una y otra vez… Pero hacía tanto que teníamos ganas de conocer ese lugar. Y fuimos. y que bueno que fuimos!

Llegamos…y lo primero que vimos fueron unos frutales de naranja al costado del camino y de repente empezó a aparecer él, el silencio, se empezó a hacer presente …y nos acompañaría toda la estadía.

Bajamos del taxi y apareció una bella persona quien con una sonrisa nos dijo “El almuerzo está listo… pueden pasar…, dejen las maletas por aquí.”

Nos esperaban con una comida orgánica, simple y profundamente sabrosa. Todo tenía un detalle: lo noble, lo cálido, lo cuidado. La salamandra encendida, la sonrisa de quienes cocinaban con una cálida palabra que caía de su boca: … “bienvenidas” …
Y algo empezaba a cambiar. La respiración. El ritmo. La forma de estar.

El camino… y el silencio

Del comedor a la habitación, un sendero.
Un jardín lleno de frutales, plantas, lavandas perfumando el aire…
Y él aparecía de nuevo para instalarse alrededor nuestro.

El silencio.

Un silencio que no incomodaba.
Un silencio que decía.

Las palabras eran pocas. Justas. Amables.
Y el sonido que acompañaba cada paso… los pájaros.

Nada estaba librado al azar: un cuarzo en la entrada de nuestra habitación, los detalles del jardín, la simpleza del interior. Las sábanas de algodón, el jabón de miel y propóleo, los tecitos de hierbas…

Todo invitaba a lo mismo: bajar. Bajar el ritmo, relajar, encontrarse, estar, disfrutar. Sin prisa, sin demandas, sin urgencias, solo estar.

¿Qué hacemos con el silencio?

Y entonces aparecieron las preguntas.

¿Qué pasa cuando nos encontramos con el silencio?
¿Nos asusta? ¿Nos relaja? ¿Nos acerca a nosotros mismos?

Y una posible respuesta aparece allí:
el silencio será que habilita el registro:
Del cuerpo. De la emoción. De lo que necesitamos.

Y eso… no siempre es fácil.

El encuentro

No estábamos solas. Había otras mujeres. Algunas viajaban solas a ese lugar.

Nos encontrábamos en el comedor.
Compartíamos comidas y también actividades: yoga, bioenergía, meditación, caminatas, Chi Kung.

Todo estaba orientado al bienestar.
Pero no desde la exigencia… sino desde la escucha.

Nadie corría.
Nadie se apuraba.
Cada una hacía lo que podía, a su ritmo escuchándose.

Y en ese ritmo más humano… empezaron a aparecer otras preguntas.

Las preguntas que quedan

¿Por qué corremos tanto?
¿Qué nos empuja?
¿Las responsabilidades, las obligaciones… la vida misma?

Pero en ese correr, muchas veces dejamos de registrarnos:
¿Cómo estoy?
¿Qué necesito?
¿Qué necesita mi cuerpo? ¿Mi ser? Mi Ser…que palabra amplia, ni mi cuerpo, ni mi emoción, …todo mi ser.

En medio de ese detenerse, uno empieza a contemplar, el paisaje, el silencio, el sabor de la comida, la escucha plena del otro. Contemplar, ¿podemos contemplar en el trajín de la vida diaria?

Un rincón me quedó muy presente:
Una gran biblioteca acompañaba ese lugar, llena de sabiduría. Nos trajimos dos libros, pero me hubiera leído todo. Tantos conocimientos de tantos años, expresados en esos libros: de cómo estar mejor, de cómo registrarnos, de cómo vivir sin enfermedades.

Y entonces la pregunta apareció con más fuerza:
¿Qué le pasa a la humanidad? ¿Qué nos lleva al opuesto de eso?

A veces siento que uno trata de salir de una tormenta que la vida te pone, de un torbellino de hacer sin pausa que la vida actual te arrastra.
¿Cómo encontrar el silencio y la paz?
¿Será posible en lo cotidiano de la vida?

¿Y si existiera otra forma?
¿Y si pudiéramos elegir, aunque sea por momentos, parar?

La pausa

Estos cuatro días fueron eso:
una pausa en medio del torbellino.

Un detenerse para mirarse.
Para escucharse.

Compartirlo con mi mamá lo hizo aún más significativo.
Sin interrupciones. Sin urgencias. Sin ese ritmo que arrasa en lo cotidiano.

El regreso

Nadie se quería ir.
Cada detalle era disfrutable: la comida, los senderos, las prácticas, el tiempo, la charla… el silencio.

Pero hubo que volver.

Y me traje algo más que recuerdos:
preguntas, registros, sensaciones.

¿Cómo llevar esta experiencia a la vida cotidiana?
¿Cómo hacer lugar a la pausa, incluso cuando todo nos empuja a seguir?

Quizás no se trata de irse lejos.
Sino de poder, en algún momento del día, detenerse y escucharse.

Antes de irnos, mi mamá dijo:
“Volveremos…”

Y me quedo con eso.
No solo volver a un lugar…
sino a esa experiencia de registro, de pausa, de silencio.

¿Y vos?
¿En qué momento del día podés hacer una pausa?

Fin

¿Hablamos?

Tatiana Rudov

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